lunes, 5 de octubre de 2009

Un día de playa



“Va, tito. Vamos al agua un rato” insistía mi sobrino. “Sí, Javi, sí. Pero espérate dos minutos. Cuando acabe de untarle crema a la tita, juego un rato contigo, ¿vale?” dije yo.
Un rato más tarde, y después de decirle a mi novia al oído que me iba con el niño, me levanté de la toalla, cogí las palas y me fui con mi sobrino al agua.

            Para mi disgusto y, a pesar de ser la hora más calurosa del día, la playa estaba extremadamente llena. Habíamos dejado las toallas a tan sólo unos 5 metros del agua, pero nos separaba un desnivel de casi medio metro. A parte de las palas, también nos habíamos traído una pelota de playa y un cubo para hacer el típico castillo de arena.
            A nuestra derecha teníamos una familia (gitana, seguramente) que, al parecer, había venido bastante mejor prepara que nosotros: una de las dos sombrillas resguardaba del sol a una de las parejas, que compartía una toalla aproximadamente el doble de grande que el resto; mientras que la otra estaba reservada para las mochilas y la nevera. La otra pareja, que era considerablemente más joven y tenía las toallas un poco mas apartadas del resto, estaba absolutamente expuesta al sol. Esta segunda pareja estaba compartiendo un taper de macarrones. A más, había una mujer algo mayor sentada en una de esas sillas plegables. Por último, un niño y una niña pequeños jugaban en la arena a hacer castillos con cubos y palas. Supongo que el hecho de que estuvieran desnudos es bastante irrelevante para su temprana edad.
            Por otro lado, a nuestra izquierda teníamos una pareja de enamorados que parecía estar durmiendo. El chico tenía cogida la chica por la espalda. Debía de ser una posición bastante incómoda para el chico, ya que, mientras un brazo lo dejaba reposar sobre la espalda de la chica, con el otro intentaba hacer una especie de respaldo para su cabeza. Supongo que es esa la razón por la que, en la playa, acostumbramos a descansar cabeza abajo. Antes de irme al agua con Javi, no pude evitar darle un par de vueltas a esta última conclusión: detrás de nosotros había un chico leyendo un libro. El chaval, que no venía acompañado, estaba sentado mirando al mar con el libro sobre las piernas, las cuales las tenía flexionadas en forma de arco. Lo que más me inquietaba de la situación era que al chico no parecía importarle que no estuviéramos un una playa nudista.

            “¡Qué malo eres, piltrafa!” le decía a Javi cada vez que no le daba a la pelota.
“¡Eres tonto! Déjame” me contestaba él.
En realidad, a mi sobrino se le da muy bien el manejo de la raqueta. De hecho, mi hermano tiene pensado enseñarle a jugar a tenis. El niño tiene madera.
            Una de las veces que le pasé la pelota le di en la frente. La pelota es de goma, así que no tendría que doler demasiado. Sin embargo, debido a la impresión que debió de darle, Javi se echó a llorar. Yo me acerqué y, sin poderme contener la sonrisa, le pregunté que cómo estaba. Me figuro que le fastidió que me riera de su desgracia, de modo que rompió a llorar más fuerte aún. “¡Shh! Vamos, ya está cariño” dije. “No querrás que las nenas te vean llorando, ¿no?”. El, defendiéndose me dijo que le había hecho daño. Me acuclillé delante de él, le pellizqué la barbilla y le dije: “Pero si tú estas fuerte, chaval. ¿No ves esos músculos que tienes?”. “Es que la mama me dice que si como mucho me haré tan alto y fuerte como el papa, por eso intento comer mucho” me contestó Javi, inocentemente, entre lágrima y lágrima. Seguidamente le dije que le pagara un puñetazo a mi mano para comprobar su fuerza. “No…que me da vergüenza” dijo él con voz aún llorosa. “Eso es por que no estás tan fuerte como dices… seguro que pegas como una nena” le contesté yo, con ánimos de picarle. El, tras decirme que si que pegaba muy fuerte, le dio un puñetazo a mi mano. “¡Uala! No te pases, que me harás daño” le dije yo, para animarle un poco. Después de eso, le pregunté si quería ir al agua, le cogí en brazos para sentarle en mis hombros cogiéndole de las manos, le dije que si veía como el golpe no había sido para tanto y me lo llevé al agua.
           
            “¿Has visto, tito? Se le ve la pilila a ese hombre de ahí” me dijo mi sobrino mientras señalaba al hombre que estaba enfrente de mi novia. “¿Crees que la tita estará dormida?” le pregunté yo, pensando en lo que me había dicho él. Y tras dos o tres segundos de silencio le dije: “Ven, piltrafa. Vamos a hacerle una broma a la tita”.
            Al cabo de un rato nos acercamos a ella muy cuidadosamente, evitando hacer ruido. “Ponte a su lado, a su lado” le dije en voz baja a Javi. De golpe, Javi volcó un cubo lleno de agua encima de Aída, su tía. Ella dio un berrido de susto, y nosotros dos no podíamos parar de reír. “Qué buena, Javi. ¡Choca esos cinco!” le dije a mi sobrino mientras me reía. Unos segundos más tarde, Aída se dio la vuelta y se quedó sentada en la toalla, con el pelo cubriéndole la cara. Yo, que, en realidad, me sentía un poco mal, me disculpé diciendo que había sido una broma. Aída se levanto de golpe e hizo el amago de abalanzarse sobre mí. Yo, que no me lo esperaba, me eché un poco hacia atrás, con la mala suerte de apoyar el pié izquierdo en falso y quedarme en completo equilibrio durante unos segundos. Mi novia se me acercó con una sonrisa de oreja a oreja y, sin mediar palabra, me empujo en el pecho con el dedo índice.
            Unos segundos mas tarde, después de haber bajado rodando hasta el agua, abrí los ojos. Estaba estirado en la orilla del mar, boca arriba y con los bazos y piernas abiertos. Encima de mí estaba mi novia, de pié y con las piernas estiradas, con las manos sobre las rodillas y flexionando la cintura. Se acercó como para darme un beso y, de golpe, dejo ir una bocanada de agua sobre mí cara. De fondo, escuché decir a mi sobrino que se me veía la pilila: había roto el bañador.