Te mando este e-mail por qué me estoy empezando a preocupar. No te has conectado en todo el día, y me dijiste que lo harías. Supongo que te habrás ido a la playa o estarás ocupada con asuntos privados. No me meteré. De todas maneras, soy un chico de palabra, y ayer te prometí que no pararía de contártelo hasta que acabara. No se si lo leerás o no, pero lo prometido es deuda.
Pocos días mas tarde, en la última semana de febrero, Oriol, un amigo de Andrés, le pidió que le acompañara a Badalona a recoger unas gafas que tenía encargadas. Cada vez que Andrés salía con él llegaba a casa muy feliz. Eran geniales las tardes a su lado. Tal vez sería gracias a que Andrés notaba que, de entre todos sus amigos, Oriol, a quién él llamaba Uri, era la única persona que era igual de inteligente que él; o tal vez sería gracias al despilfarro que Uri tenía al hablar y al comunicarse con a gente, esa poca vergüenza que Andrés siempre había querido tener.
Oriol era un chico de unos cinco centímetros más alto que Andrés, de una constitución más bien ancha, pelo corto y muy rizado y unos ojos de color avellana. Él estaba muy acomplejado de su boca: tenía los dientes completamente destrozados y descolocados, aún y así, no le daba vergüenza tener que reírse ante sus amigos. Estos amigos, que la mayoría lo eran de Andrés, también, le consideraban “el payaso del grupo”. Uri, delante de ellos, se limitaba a hacerles reír haciendo payasadas y explicando chistes de humor callejero. Andrés sabía que debía tener una segunda cara escondida.
Fue extraña la manera en la que Uri se comportó aquél día. Era uno de los primeros días que salían ellos dos dolos a dar una vuelta, y no se comportó como se comportaba normalmente cuando iba con más gente. Ese día dejó, aunque solamente fuese una parte, entrever esa cara oculta que Andrés creía que tenía. No hizo tanto “el payaso”, las bromas tenían un tono mucho más sarcástico de lo habitual, y las bromas ya no eran de un humor tan barriobajero, sino que ahora eran de un humor más inteligente. Fuera como fuese, Andrés no supo ver más allá de ese cambio de carácter, y tampoco le dio mayor importancia.
-Buah, tío. ¿Has visto a esa rubia de ahí?
-¿La de la sudadera rosa?
-Sí, sí.
-Bff… como me pone que vallan vestidas así, ¿eh?
-Ya ves…
Se pasaron todo el camino de vuelta discutiendo sobre cómo debería ser una chica para ser su prototipo de mujer ideal. Conversaciones de chicos…
Al volver al pueblo, Marina llamó a Andrés al móvil.
-¿Tienes algo que hacer esta noche, Andrés?
-No… ¿Por?
-Porque voy con Aina a tomar algo a un bar. ¿Quieres venir?
-Estoy con un amigo viniendo de Badalona en bus. Llegaré sobre las 10:00.
-Os esperamos en el Jovi.
Tan solo se tomaron un par de refrescos, excepto Andrés, quién pidió un bocadillo de catalana para cenar. No fue una noche demasiado especial: no hubo demasiada conversación, Andrés no tuvo la soltura que le gustaría tener con Mari y, para colmo, empezaba a darse cuenta que lo suyo no iba por buen camino.
Ya a principios de mes, Dani volvió a decirle a Andrés de ir con él y su novia a cenar. Si venía, también se apuntaría Mari, que tenía muchas ganas de estar con él.
-Está bien, Dani. Iré. Pero me parece que Mari y yo no llegaremos a ninguna parte.
Aquella noche, mientras cenaban y aprovechando que Mari estaba en el servicio, Judith le dijo a Andrés que más tarde les dejarían un rato a solas, que así podrían intimar.
Alrededor de una hora más tarde, llegaron a un pequeño parque.
-Mari, Andrés, ¿os importa que nos alejemos un momento mi novio y yo? Tenemos algo importante que discutir. –Dijo Judith, con mucha picardía.
-Vaya, Mari. Nos han dejado solos aquí. ¿Te apetece sentarse en el banco?
-Sí, vamos… -Dijo Mari tímidamente.
En ese momento estaban Judith y Dani abrazados, sonriendo, sentados en un banco y mirando fijamente hacia la otra pareja.
Andrés estaba sentado en el banco (un poco espatarrado), con una mano en su pierna y la otra apoyada en el banco por detrás de la cabeza de Mari, como si hiciese el amago de quererla coger. A su lado, Mari. Se le notaba muy nerviosa. Tenía las piernas cruzadas encima del banco, las manos cogidas entre sí, encima de las piernas; y su espalda, que no la tenía apoyada en el banco, formaba un perfecto ángulo recto con sus piernas.
-Se te nota bastante tensa, Mari. –Observó Andrés con voz temblorosa.
-Si…Ya ves. Jejeje… Es que, bueno, ya ves. Nos dejan aquí solos y claro… Jejeje. –Dijo tartamudeando.
Andrés nunca antes había estado tan cerca de una chica en una situación tan delicada. No sabía cómo actuar.
Andrés, después de darle varias vueltas a la cabeza, decidió actuar rápido, de golpe, sin andarse por las ramas. Despegó la espalda del respaldo del banco, la mano que tenía sobre su pierna ahora la apoyo sobre la de Mari, la que tenía sobre el banco la paseó suavemente por la cara de la chica y, lentamente, se aproximó hacia sus labios…
Mari apartó la cara.
-No creo que sea buena idea. –Concluyó Mari.
No pasó mucho más aquella noche.
Espero que te guste, Sara.
A ver si mañana te conectas.
Antonio Cobo González
Hace 13 años




