miércoles, 14 de octubre de 2009

4.


Te mando este e-mail por qué me estoy empezando a preocupar. No te has conectado en todo el día, y me dijiste que lo harías. Supongo que te habrás ido a la playa o estarás ocupada con asuntos privados. No me meteré. De todas maneras, soy un chico de palabra, y ayer te prometí que no pararía de contártelo hasta que acabara. No se si lo leerás o no, pero lo prometido es deuda.

Pocos días mas tarde, en la última semana de febrero, Oriol, un amigo de Andrés, le pidió que le acompañara a Badalona a recoger unas gafas que tenía encargadas. Cada vez que Andrés salía con él llegaba a casa muy feliz. Eran geniales las tardes a su lado. Tal vez sería gracias a que Andrés notaba que, de entre todos sus amigos, Oriol, a quién él llamaba Uri, era la única persona que era igual de inteligente que él; o tal vez sería gracias al despilfarro que Uri tenía al hablar y al comunicarse con a gente, esa poca vergüenza que Andrés siempre había querido tener.

Oriol era un chico de unos cinco centímetros más alto que Andrés, de una constitución más bien ancha, pelo corto y muy rizado y unos ojos de color avellana. Él estaba muy acomplejado de su boca: tenía los dientes completamente destrozados y descolocados, aún y así, no le daba vergüenza tener que reírse ante sus amigos. Estos amigos, que la mayoría lo eran de Andrés, también, le consideraban “el payaso del grupo”. Uri, delante de ellos, se limitaba a hacerles reír haciendo payasadas y explicando chistes de humor callejero. Andrés sabía que debía tener una segunda cara escondida.

Fue extraña la manera en la que Uri se comportó aquél día. Era uno de los primeros días que salían ellos dos dolos a dar una vuelta, y no se comportó como se comportaba normalmente cuando iba con más gente. Ese día dejó, aunque solamente fuese una parte, entrever esa cara oculta que Andrés creía que tenía. No hizo tanto “el payaso”, las bromas tenían un tono mucho más sarcástico de lo habitual, y las bromas ya no eran de un humor tan barriobajero, sino que ahora eran de un humor más inteligente. Fuera como fuese, Andrés no supo ver más allá de ese cambio de carácter, y tampoco le dio mayor importancia.
-Buah, tío. ¿Has visto a esa rubia de ahí?
-¿La de la sudadera rosa?
-Sí, sí.
-Bff… como me pone que vallan vestidas así, ¿eh?
-Ya ves…
Se pasaron todo el camino de vuelta discutiendo sobre cómo debería ser una chica para ser su prototipo de mujer ideal. Conversaciones de chicos…

Al volver al pueblo, Marina llamó a Andrés al móvil.
-¿Tienes algo que hacer esta noche, Andrés?
-No… ¿Por?
-Porque voy con Aina a tomar algo a un bar. ¿Quieres venir?
-Estoy con un amigo viniendo de Badalona en bus. Llegaré sobre las 10:00.
-Os esperamos en el Jovi.



Tan solo se tomaron un par de refrescos, excepto Andrés, quién pidió un bocadillo de catalana para cenar. No fue una noche demasiado especial: no hubo demasiada conversación, Andrés no tuvo la soltura que le gustaría tener con Mari y, para colmo, empezaba a darse cuenta que lo suyo no iba por buen camino.

Ya a principios de mes, Dani volvió a decirle a Andrés de ir con él y su novia a cenar. Si venía, también se apuntaría Mari, que tenía muchas ganas de estar con él.
-Está bien, Dani. Iré. Pero me parece que Mari y yo no llegaremos a ninguna parte.
Aquella noche, mientras cenaban y aprovechando que Mari estaba en el servicio, Judith le dijo a Andrés que más tarde les dejarían un rato a solas, que así podrían intimar.
Alrededor de una hora más tarde, llegaron a un pequeño parque.
-Mari, Andrés, ¿os importa que nos alejemos un momento mi novio y yo? Tenemos algo importante que discutir. –Dijo Judith, con mucha picardía.

-Vaya, Mari. Nos han dejado solos aquí. ¿Te apetece sentarse en el banco?
-Sí, vamos… -Dijo Mari tímidamente.
En ese momento estaban Judith y Dani abrazados, sonriendo, sentados en un banco y mirando fijamente hacia la otra pareja.
Andrés estaba sentado en el banco (un poco espatarrado), con una mano en su pierna y la otra apoyada en el banco por detrás de la cabeza de Mari, como si hiciese el amago de quererla coger. A su lado, Mari. Se le notaba muy nerviosa. Tenía las piernas cruzadas encima del banco, las manos cogidas entre sí, encima de las piernas; y su espalda, que no la tenía apoyada en el banco, formaba un perfecto ángulo recto con sus piernas.
-Se te nota bastante tensa, Mari. –Observó Andrés con voz temblorosa.
-Si…Ya ves. Jejeje… Es que, bueno, ya ves. Nos dejan aquí solos y claro… Jejeje. –Dijo tartamudeando.
Andrés nunca antes había estado tan cerca de una chica en una situación tan delicada. No sabía cómo actuar.

 Andrés, después de darle varias vueltas a la cabeza, decidió actuar rápido, de golpe, sin andarse por las ramas. Despegó la espalda del respaldo del banco, la mano que tenía sobre su pierna ahora la apoyo sobre la de Mari, la que tenía sobre el banco la paseó suavemente por la cara de la chica y, lentamente, se aproximó hacia sus labios…
Mari apartó la cara.
-No creo que sea buena idea. –Concluyó Mari.

No pasó mucho más aquella noche.


Espero que te guste, Sara.
A ver si mañana te conectas.

Antonio Cobo González 

jueves, 8 de octubre de 2009

3.


A Andrés, a pesar de no gustarle demasiado esa chica, era la primera que sabía que decía que le gustaba. Él a ella, me refiero. Por lo tanto, vio una puerta abierta hacia una posible relación. Pasaban los días y Andrés veía que cada vez le gustaba más hablar con ella, aunque, de momento, solo fuese por Messenger. De ella supo que era bailarina desde los cinco años.
Un día, Dani propúsole a Andrés de ir a ver bailar a Marina, lo que él acepto con gran agrado.


-¿Y ese vocabulario?
-¿Qué le ocurre?
-Un tanto arcaico, ¿no crees?
-Como se nota que sigues siendo una cría de 17 años…
-¿Buscas pelea?

El baile fue sobre mediados de febrero. Al llegar a la sala, Dani, Judith y Andrés cogieron asiento en la quinta fila, donde ya estaban, guardando asiento, Aina y Carla. El baile empezó. Andrés trataba de encontrar a Marina pero no la diferenciaba de entre las demás. Todas iban vestidas con un vestido largo, unas de rojo y otras de negro, llevaban el pelo recogido, con un hermoso moño adornado con una rosa, unos elegantes zapatos y, algunas, una rosa en la boca.
-Que guapa que va Marina, ¿eh? –Dijo Judit dirigiéndose a Andrés.
-…No consigo verla.
Judit le lazó una mirada de asombro, pero inmediatamente le dijo quién era.
A los diez minutos, la actuación llegó a su media parte.
-Oye, Dani. ¿Por qué no la llamas al móvil y le preguntas que si puede quedar? –Dijo Aina.
Al cabo de unos instantes…
-Hola, Marina. ¿Dónde estás?
-Hoy estoy ocupada, no puedo quedar.
-Vaya, es una lástima…Estamos viendo un espectáculo de baile aquí en el pueblo.
-… ¿Me habéis venido a ver?
-Jajaja! ¿Te sorprende?
-¿Con quién vienes?
-Judith, Andrés, Aina, Carla y yo.
-¿También ha venido Andrés? Ahora bajo a saludaros.
Tan solo pasaron dos o tres minutos hasta que Marina fue a darles dos besos.
-¿Te ha gustado cómo bailo, Andrés?
Andrés de siempre había odiado bailar. De hecho, nunca había pisado una discoteca. Y lo de ver a otra gente bailar…le aburría bastante.
-Sí, bailas muy bien.

Al acabar la noche, Andrés habló un momento con Marina, a solas.


-Que atrevido se nos ha vuelto el chico de repente, ¿no?
-Estate por el cuento, mujer.

-¿Qué te parece si vamos algún día tú y yo a algún sitio?
-Mañana lo hablamos por Messenger, ¿vale?
Eso dejó a Andrés algo desconcertado. Igualmente, tampoco le dio demasiada importancia.

Al día siguiente, Marina le pidió que la acompañara a comprar ropa junto con Aina y Carla.


-Toni, se supone que un cuento debe ser corto, no tan largo y, encima, sin nudo ni desenlace…
-Sara, me gusta escribir, y tan solo me dedico a escribir lo primero que se me pasa por la cabeza… A parte, se que me quede donde me quede del cuento, mañana volverás a preguntar por Andrés.
-Si…Pero no entiendo por qué mencionas al principio a Natasha y luego no vuelve a aparecer en todo el relato…
-Todo a su debido tiempo…
-…
-Y lo primero es lo primero, voy al lavabo.
-¿Era necesario que me lo dijeras?
-Oye, Sara, tengo sueño… ¿te importa si sigo mañana?
-¿Tan pronto? Va, acaba de contarme el día de compras.
-¿Quién me mandaría empezar esto…?

-Lo siento, llego tarde. –Dijo Andrés.
-Bueno…No hay prisa. –Dijo Marina.
El rato que estuvieron esperando el tren fue eterno para Andrés. Fueron diez minutos sin abrir la boca para nada.
-Bueno, ya está aquí el tren. Subamos.
-Sí, claro. Por cierto, Marina…
-Llámame Mari, por favor.
-¿Y Carla y Aina?
-Suben en la siguiente estación.
Por suerte, cuando ya estaban los cuatro montados en el tren, las conversaciones empezaron a cobrar vida, y, una vez en el centro comercial, parecía que todo iba bien.
Aunque con disimulo, Carla y Aina se las apañaban para siempre dejar a Marina y Andrés solos mirando ropa.
-¿Te gusta este vestido?
-Creo que prefiero ese de al lado, que es mas claro.
El grupo pasó una buena tarde de compras, y parecía que la timidez de Andrés, al verse rodeado de la noche a la mañana por tres señoritas, empezaba a desaparecer.
Una vez se despidieron los unos de los otros, a Andrés le tocó volver andando a casa. Por el camino, para su fortuna, se cruzo con Natasha. Tras un saludo inicial, dos o tres frases intermedias y un saludo final, cada uno siguió su camino. A medida que se alejaban, tanto él como ella giraban la cabeza hacia atrás mirándose mutuamente. Incluso llegaron a cruzar alguna mirada.


-A Natasha le gusta Andrés, ¿A que si?
-¿Pretendes que te revele el final del cuento?
-¿Cuento? Esto más bien empieza a parecer una telenovela.
-Yo, mientras siga pidiendo historia, seguiré escribiendo.
-Me has enganchado…Quiero llegar al momento ese que tiene todo cuento de amor: “Y entonces, se miraron a los ojos y se besaron”.
-Hija… que sosa eres. Debes ponerle un poco mas de sentimiento. “Andrés notaba el grosor de los labios de Natasha, su mirada deseante que alternaba entre sus ojos y sus labios, la yema de sus dedos deslizándose suavemente desde la mejilla hasta detrás de su oreja, para después entremeterse por su pelo…”
-Aix… me vas a enamorar solo con este cuento.
-Jejeje…
-Prométeme una cosa, Toni. No dejes de contarme el cuento hasta que no llegues al final.
-No creo que llegue a ser tan bueno como para hacerte llorar…
-Solo quiero que me describas ese momento.
-¿Sabes? No todo lo que bien empieza, acaba bien.
-¿Qué quieres decir?
-La mayoría de historias de amor, lo son también de desamor.
-¿Quieres decir que no podrán verse más o algo así?
-No todo lo bueno dura para siempre, pero cuando algo bueno se va, siempre viene algo mejor.
-¿Seguirás contándome el cuento, mañana?
-Prometido.

lunes, 5 de octubre de 2009

Un día de playa



“Va, tito. Vamos al agua un rato” insistía mi sobrino. “Sí, Javi, sí. Pero espérate dos minutos. Cuando acabe de untarle crema a la tita, juego un rato contigo, ¿vale?” dije yo.
Un rato más tarde, y después de decirle a mi novia al oído que me iba con el niño, me levanté de la toalla, cogí las palas y me fui con mi sobrino al agua.

            Para mi disgusto y, a pesar de ser la hora más calurosa del día, la playa estaba extremadamente llena. Habíamos dejado las toallas a tan sólo unos 5 metros del agua, pero nos separaba un desnivel de casi medio metro. A parte de las palas, también nos habíamos traído una pelota de playa y un cubo para hacer el típico castillo de arena.
            A nuestra derecha teníamos una familia (gitana, seguramente) que, al parecer, había venido bastante mejor prepara que nosotros: una de las dos sombrillas resguardaba del sol a una de las parejas, que compartía una toalla aproximadamente el doble de grande que el resto; mientras que la otra estaba reservada para las mochilas y la nevera. La otra pareja, que era considerablemente más joven y tenía las toallas un poco mas apartadas del resto, estaba absolutamente expuesta al sol. Esta segunda pareja estaba compartiendo un taper de macarrones. A más, había una mujer algo mayor sentada en una de esas sillas plegables. Por último, un niño y una niña pequeños jugaban en la arena a hacer castillos con cubos y palas. Supongo que el hecho de que estuvieran desnudos es bastante irrelevante para su temprana edad.
            Por otro lado, a nuestra izquierda teníamos una pareja de enamorados que parecía estar durmiendo. El chico tenía cogida la chica por la espalda. Debía de ser una posición bastante incómoda para el chico, ya que, mientras un brazo lo dejaba reposar sobre la espalda de la chica, con el otro intentaba hacer una especie de respaldo para su cabeza. Supongo que es esa la razón por la que, en la playa, acostumbramos a descansar cabeza abajo. Antes de irme al agua con Javi, no pude evitar darle un par de vueltas a esta última conclusión: detrás de nosotros había un chico leyendo un libro. El chaval, que no venía acompañado, estaba sentado mirando al mar con el libro sobre las piernas, las cuales las tenía flexionadas en forma de arco. Lo que más me inquietaba de la situación era que al chico no parecía importarle que no estuviéramos un una playa nudista.

            “¡Qué malo eres, piltrafa!” le decía a Javi cada vez que no le daba a la pelota.
“¡Eres tonto! Déjame” me contestaba él.
En realidad, a mi sobrino se le da muy bien el manejo de la raqueta. De hecho, mi hermano tiene pensado enseñarle a jugar a tenis. El niño tiene madera.
            Una de las veces que le pasé la pelota le di en la frente. La pelota es de goma, así que no tendría que doler demasiado. Sin embargo, debido a la impresión que debió de darle, Javi se echó a llorar. Yo me acerqué y, sin poderme contener la sonrisa, le pregunté que cómo estaba. Me figuro que le fastidió que me riera de su desgracia, de modo que rompió a llorar más fuerte aún. “¡Shh! Vamos, ya está cariño” dije. “No querrás que las nenas te vean llorando, ¿no?”. El, defendiéndose me dijo que le había hecho daño. Me acuclillé delante de él, le pellizqué la barbilla y le dije: “Pero si tú estas fuerte, chaval. ¿No ves esos músculos que tienes?”. “Es que la mama me dice que si como mucho me haré tan alto y fuerte como el papa, por eso intento comer mucho” me contestó Javi, inocentemente, entre lágrima y lágrima. Seguidamente le dije que le pagara un puñetazo a mi mano para comprobar su fuerza. “No…que me da vergüenza” dijo él con voz aún llorosa. “Eso es por que no estás tan fuerte como dices… seguro que pegas como una nena” le contesté yo, con ánimos de picarle. El, tras decirme que si que pegaba muy fuerte, le dio un puñetazo a mi mano. “¡Uala! No te pases, que me harás daño” le dije yo, para animarle un poco. Después de eso, le pregunté si quería ir al agua, le cogí en brazos para sentarle en mis hombros cogiéndole de las manos, le dije que si veía como el golpe no había sido para tanto y me lo llevé al agua.
           
            “¿Has visto, tito? Se le ve la pilila a ese hombre de ahí” me dijo mi sobrino mientras señalaba al hombre que estaba enfrente de mi novia. “¿Crees que la tita estará dormida?” le pregunté yo, pensando en lo que me había dicho él. Y tras dos o tres segundos de silencio le dije: “Ven, piltrafa. Vamos a hacerle una broma a la tita”.
            Al cabo de un rato nos acercamos a ella muy cuidadosamente, evitando hacer ruido. “Ponte a su lado, a su lado” le dije en voz baja a Javi. De golpe, Javi volcó un cubo lleno de agua encima de Aída, su tía. Ella dio un berrido de susto, y nosotros dos no podíamos parar de reír. “Qué buena, Javi. ¡Choca esos cinco!” le dije a mi sobrino mientras me reía. Unos segundos más tarde, Aída se dio la vuelta y se quedó sentada en la toalla, con el pelo cubriéndole la cara. Yo, que, en realidad, me sentía un poco mal, me disculpé diciendo que había sido una broma. Aída se levanto de golpe e hizo el amago de abalanzarse sobre mí. Yo, que no me lo esperaba, me eché un poco hacia atrás, con la mala suerte de apoyar el pié izquierdo en falso y quedarme en completo equilibrio durante unos segundos. Mi novia se me acercó con una sonrisa de oreja a oreja y, sin mediar palabra, me empujo en el pecho con el dedo índice.
            Unos segundos mas tarde, después de haber bajado rodando hasta el agua, abrí los ojos. Estaba estirado en la orilla del mar, boca arriba y con los bazos y piernas abiertos. Encima de mí estaba mi novia, de pié y con las piernas estiradas, con las manos sobre las rodillas y flexionando la cintura. Se acercó como para darme un beso y, de golpe, dejo ir una bocanada de agua sobre mí cara. De fondo, escuché decir a mi sobrino que se me veía la pilila: había roto el bañador.

martes, 29 de septiembre de 2009

Buscando la manera


            Hay tantas finalidades a la hora de decir las cosas… Y, a veces, es tan difícil encontrar la manera de hacerlo…
            He pensado en decíroslo uno a uno; ya que, a vuestra manera, sois todos únicos. Claro que, por otro lado, no os considero uno a uno, por separado; sino que un único conjunto, o, en todo caso, un conjunto único.
            Me he planteado, incluso, la posibilidad de ni siquiera decir nada; ya que sólo lo hago por gusto. Claro que, por otra parte, creo que os merecéis unas palabras.
            También, he pensado en, simplemente, daros las gracias; ya que, gracias, puede significar muchas cosas. Gracias significa haber contado con alguien para salir a tomar algo. Gracias significa, también, haber confiado en una persona para contarle su secreto más íntimo y haber dado toda tu confianza a quién te considera su amigo cuando te ha contado su más íntimo secreto. Significa, a más, haber puesto el hombro para cuando alguien ha necesitado apoyarse. Claro que, lo que vosotros hacéis, no tiene palabras.

            Al final, me decidiré por decir lo que pienso, y pensar en decidir qué diré.


sábado, 19 de septiembre de 2009

2.


-Hola Toni.
-¡Anita!
-¿Que tal?
-Bueno… respecto a lo que ayer te conté, más o menos igual.
-Aix… ¿Sabes que no hace falta comerse la cabeza por algo así?
-No es fácil, Sara.
-¿Sabes? Ya se que puede parecer muy cursi, pero uno aprende a levantarse de tanto caerse. No te creas que eres el único que ha pasado o está pasando por eso. ¿Sabes qué hago yo cuando tengo un mal día?
-…
-¿Vives en comunidad?
-¿Qué importa eso?
-¿Vives en comunidad?
-Sí…
¿Y tenéis piscina comunitaria?
-Sara, ¿A qué viene todo esto?
-¿Tienes o no, piscina comunitaria?
-No. No tengo.
-Mmm… Entonces te va a resultar difícil…
-¿Qué es lo que haces tú cuando tienes un mal día?
-Reirme.
-¿Te ríes?
-Me río. Si estoy sola en casa subo a la terraza, cojo aire, y, por muchas lágrimas que me salgan de los ojos, Suelto hasta la última gota de aire en escandalosas y forzadas carcajadas. “JAJAJAJA”
-¿Y si no lo estás?
-Fácil. Me pongo el bikini, bajo a la piscina (que, por cierto, tengo piscina en mi casa), cojo aire, me zambullo, y vuelvo a troncharme de risa.
-Tal vez resulte más fácil chillar o darle un buen puñetazo a la pared.
-¿Por qué dices esas cosas? Chillando lo único que consigues es poner nerviosa a la gente que te rodea, y pegándole puñetazos a la pared no consigues más que abrirte la mano.
-Y a veces abollas la pared… jajaja!
-Toni, parece que tengas doce años… Se de sobras del palo que vais los tíos. Siempre presumiendo de levantar tantos quilos en el gimnasio y de comer tres platos de comida. No me gusta esa clase de chicos. No vas a conseguir impresionarme diciéndome que gracias a tu “mega fuerza mega hercúlea has mega roto una mega pared de uno de tus mega puñetazos”.
-…
-¿Cómo te sientes después de darle un puñetazo a la pared?
-Furioso, con menos ira y mas relajado, pero furioso igual.
-Sin comentar la sangre en los nudillos…
-…
-¿Sabes que? Tú y yo vamos a quedar algún día.
-¿Para qué? ¿Acaso es una cita?
-No vas demasiado bien encaminado…
-Vale. Vale. Lo siento…
-Te traerás el bañador por si hay alguien en mi casa ese día y nos meteremos los dos en la piscina y nos pondremos a reír.
-Pareceremos dos locos…
-Dios los cría y ellos se juntan.
-No se si eso encaja demasiado bien aquí…
-Yo me entiendo.
-Y bueno… ¿no vas a decirme cómo te siente después de reírte en voz alta?
-El próximo día que tengas un mal día, ya me contaras tú qué se siente al hacerlo.
 -¿Y si no?
-Si no, ya me lo dirás cuando vengas a mi casa.
-No veas, ¿no? Nos conocemos desde ayer, y ya me estás invitando a tu casa.
-No te pienses cosas que no son.
-¿A que te refieres?
- Me caes bien, eso es lo que importa. A parte, eres mi cuenta-cuentos.
-…
-Por cierto, Toni.
-Dime, pequeña.
-¿Ya estás discriminando a la gente más pequeña que tú? No me busques las pestañas que me las encuentras, ¿eh?
-¿Pestañas?
-…Cosquillas, una errata.
-Jajajaja!
-Por cierto, ¿al final que pasó con Andrés?
-¿Qué Andrés?
-…el del cuento…
-Ah, vale. Es que no sabía a qué te referías. ¿En serio lo quieres saber?
-Las cosas que se empiezan, se acaban.
-Jaja! Bien dicho.

jueves, 17 de septiembre de 2009

1.





Hace ya algún tiempo, una chica me pidió que le contase un cuento. Le comenté que no me sabía ningún cuento más que el de cenicienta, pero ella enseguida me dijo que quería algo nuevo, algo improvisado. Para entonces, ya me había acostumbrado a contar cuentos, pero nunca hubiera imaginado hasta que punto podría llegar algo así. Era una chica que hacía escasos minutos había conocido, aunque ya habíamos comentado alguna que otra cosa sobre algún que otro tema. Esta chica me dijo que era muy fría, que le costaba muchísimo emocionarse, y que para nada le era fácil llorar. De manera que me propuso contarle una historia que pudiese hacerla llorar.
A esta chica, que Sara se llamaba, le habían comentado que se me daba muy bien explicar cuentos. De modo que empecé un poco en plan coña a contarle el cuento:
Érase una vez un chico que se llamaba Andrés…
-Espera, espera. Tengo 17 años y quiero un cuento para llorar, no uno para bebés.
-Calla y escucha.
            Para familiarizarnos con él: era un chico más bien alto, cerca de los dos metros. No estaba exageradamente fuerte, pero se le marcaba bien la fibra. Tenía el pelo castaño y unos ojos del mismo color. Entonces, todavía llevaba el pelo algo larguillo.
Comenzaremos la historia en un frío mes de Enero, sobre la tercera semana de mes, en una aburrida mañana de colegio.
-Ostia, Ignaci, tio, estic molt aburrit, eh?
-Ja veus, Andreu... Escolta, ja se que en aquesta classe no hi ha gaires noies, pero quienes trobes que están bones?
-Doncs, sens dubte, l’Ana i la Natasha, i potser la Miriam.
-I ara! La Natasha?
-Si, tio… trobo que está força bona.
En verdad, a él, esta chica, Natasha, comenzaba a gustarle bastante.
Andrés siempre había sido un chico muy tímido y callado. Además, de pequeño había sufrido bulling en el colegio, lo que le dificultó mas su relación con los demás niños, cuanto mas si se trataba de una chica.
Andrés y Natasha no solían hablar demasiado. Tan solo se dirigían de tanto en tanto la palabra cuándo había una tercera persona en la conversación. Hubo un día, después de un examen de filosofía, el cual fueron ellos dos los primeros en terminar, que, esperando en el pasillo al resto de la clase, si que entablaron algo de conversación. A pesar de ser una charla un tanto estúpida y sosa, empezó por ser un principio.
            A pesar de todo, Andrés veía a esa chica fuera de su alcance. Lejos de lo que su carácter le permitía conseguir, más aún cuando jamás, exceptuando a Rita, su mejor amiga, había tenido ningún tipo de contacto con una chica que no fuera su madre o su hermana.
-Oye, Andrés, ¿te apetece venirte el sábado por la noche a cenar con unas amigas? Así te presento a mi novia. –Dijo Dani, un compañero de clase.
-¿Me presentarás amigas? Jejeje… La verdad es que tengo ganas de conocer a chicas. ¡Me apunto!
            Aquél sábado, a finales de mes, fueron a cenar unas pizzas en una pizzería del pueblo.
-Aina, este es Andrés. Andrés, esta es Aina. Y ellas son Marina y Carla. Ella es mi novia, Judit.
-Hola, encantado.
-Igualmente. –Dijeron todas a la vez.
No fue una noche demasiado interesante para Andrés. El estaba convencido de encontrar, de una manera u otra, su primera chica, pero la vergüenza le podía.
Tras acabarse las pizzas y hablar un poco sobre el instituto y las malas instalaciones del restaurante, decidieron marcharse cada uno por su lado, para casa. Al día siguiente, Dani le pasó el Messenger de las tres amigas a Andrés, y posteriormente le preguntó si le había gustado alguna. Él, tras vacilar varios segundos, respondió claramente que no.
-Es una pena, tio.
-Marina me ha dicho que eres bastante guapo, que quiere quedar más veces contigo.
-¿En serio?
-Sí, pero me extraña bastante: lo acaba de dejar con el novio.
-Oye…
-Dime!
-¿Cómo te llamas?
-Toni.
-Toni, mañana seguimos hablando, ¿vale? Me voy a dormir.
-Lo siento por el tostón de cuento… pero es que cuando comienzo a escribir no paro.
-Jaja! Tranquilo. Mañana hablamos. Buenas noches!
-Buenas noches, preciosa.
 

                                                                  

Motivos..?

Me gusta escribir. Y me gusta escribir lo primero que se me pasa por la cabeza...
Supongo que me gusta que critiquen lo que escribo y, a parte, quiero publicar de alguna manera u otra mis historias y textos. De este modo espero poder matar dos pájaros de un tiro.